La noche de Halloween
La fiesta de Halloween era de disfraces obligatorios. Martina, de treinta y tres años, iba de gata. Su pareja, Leo, de vampiro. Y en mitad de la fiesta, una mujer disfrazada de bruja se les acercó con una sonrisa misteriosa.
—Me gustan vuestros disfraces —dijo—. Pero me gustáis más vosotros.
Se llamaba Olga, tenía treinta y siete años y era la anfitriona de la fiesta. Llevaba toda la noche mirándolos.
Martina y Leo habían hablado alguna vez de abrir la puerta a una tercera persona. Nunca habían encontrado el momento, ni la persona, ni el valor.
—¿Te lo estás pensando? —le preguntó Leo a Martina en voz baja.
—Me lo estoy pensando —respondió ella.
Bailaron con Olga. Bebieron con Olga. Hablaron con Olga, en la cocina, lejos del ruido, de lo que les gustaba y lo que no. Olga les dijo que no había ninguna prisa.
A las tres de la mañana, la fiesta seguía en el salón. En el piso de arriba, una gata, un vampiro y una bruja descubrían que algunas noches de Halloween tienen más magia que otras.
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