Aprender a pedir
En sus quince años de matrimonio anterior, Victoria nunca había pedido nada en la cama. Ni una sola vez. Lo que pasaba, pasaba, y ella se conformaba.
Con Álvaro, su nueva pareja, todo era distinto. Él preguntaba. Todo el rato. «¿Te gusta así?», «¿Más despacio?», «¿Qué quieres que haga?». Al principio, a Victoria, de cuarenta y tres años, le daba una vergüenza horrible.
—No sé qué me gusta —le confesó una noche—. Nunca me lo había planteado.
Álvaro no se rió. La abrazó y le propuso un juego: esa noche ella mandaba. Él no haría nada que ella no le pidiera en voz alta.
Fue la noche más difícil y más liberadora de su vida. Al principio las palabras no le salían. Luego salieron solas. Descubrió que pedir era excitante, que decir «ahí» y «así» y «no pares» le daba un poder que nunca había tenido.
—Para no saber lo que te gusta —le dijo él al final, sin aliento—, lo tienes bastante claro.
Victoria se rió como una niña. Tenía cuarenta y tres años y acababa de descubrirse.
❦
¿Te ha gustado?
115 votos