La cena a ciegas
Fue idea de Julia: una cena en casa con los ojos vendados. Ella cocinaría, él probaría. Sin ver nada, solo con el olfato, el gusto y el tacto.
David, de cuarenta y dos años, aceptó pensando que sería un juego gastronómico. Se sentó a la mesa con un pañuelo de seda sobre los ojos y esperó.
Lo primero fue una fresa, que Julia le acercó a los labios con los dedos. Después, un poco de chocolate templado. Después, un sorbo de vino que ella le dio desde su propia copa, muy despacio, para que no se derramara.
Cada plato venía acompañado de algo más: un roce en el cuello, un susurro al oído, el peso de ella sentándose en sus rodillas para darle el postre.
—No me dijiste que el menú tenía tantos platos —murmuró él.
—No te dije muchas cosas —respondió Julia, desabrochándole el primer botón de la camisa.
David nunca supo cuál fue el último plato. Para entonces, a ninguno de los dos le importaba la comida.
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