El juego de los dados
Lo compraron en una tienda erótica de Lisboa, medio en broma, durante un viaje: dos dados de madera. Uno con acciones y otro con partes del cuerpo.
Patricia y Daniel, de treinta y cuatro y treinta y siete años, lo guardaron en un cajón y se olvidaron de él durante meses. Hasta que una noche de invierno, aburridos y con una botella de vino a medias, Patricia lo sacó.
—Venga —dijo—. Las reglas son sagradas. Lo que salga, se hace.
Al principio los resultados eran inocentes y les daban la risa. Besar, cuello. Acariciar, mano. Soplar, oreja. Pero los dados, que no saben de vergüenza, empezaron a combinar cosas cada vez más interesantes.
En la quinta tirada ya no se reían tanto. En la octava, Daniel tiró los dados al suelo y no se molestó en mirar el resultado.
—Me da igual lo que salga —dijo—. Ya sé lo que quiero hacer.
Desde entonces, los dados viven en la mesilla de noche. Y cuando alguno de los dos los hace sonar en la mano, el otro ya sabe que esa noche no se duerme pronto.
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