El tren nocturno a París
El compartimento de coche cama era tan estrecho que Laura y el desconocido tuvieron que pedirse perdón cuatro veces antes de conseguir colocar las maletas. Él se llamaba Hugo, era fotógrafo, tenía treinta y nueve años y una risa que llenaba el vagón.
Hablaron hasta la frontera. De viajes, de exparejas, de las cosas que nunca se habían atrevido a hacer. Cuando el revisor apagó las luces del pasillo, la conversación se volvió más lenta, más baja, más peligrosa.
—Siempre he tenido una fantasía con los trenes —confesó ella desde la litera de abajo.
Hubo un silencio largo. Luego el crujido de la escalerilla.
—Cuéntamela —dijo Hugo, sentándose en el borde de su colchón.
No se la contó. Se la enseñó.
El tren siguió avanzando en la oscuridad, meciéndolos con ese traqueteo que a partir de esa noche Laura ya nunca podría escuchar sin sonrojarse. En la estación de Austerlitz se despidieron con un beso largo y sin promesas. Fue perfecto precisamente por eso.
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