La máscara veneciana
La invitación llegó en un sobre negro sin remitente: un baile de máscaras en un palacete a las afueras de Sevilla. Una única norma: nadie podía quitarse la máscara ni decir su nombre.
Elena, treinta y ocho años, divorciada desde hacía uno, estuvo a punto de tirarla a la basura. Al final se compró un vestido rojo que jamás se habría puesto con su exmarido y fue.
Él llevaba una máscara dorada que le cubría media cara y unos ojos oscuros que la siguieron desde el primer minuto. Bailaron sin decir una palabra. Después recorrieron juntos los pasillos del palacio, abriendo puertas al azar, riéndose como dos adolescentes que se cuelan donde no deben.
En una biblioteca iluminada solo por velas, él le rozó la nuca con los dedos y ella sintió que llevaba años sin que nadie la tocara así, con esa mezcla de paciencia y hambre.
Nunca supo su nombre. Pero al volver a casa, al amanecer, encontró en el bolso una tarjeta con una sola frase: «El año que viene, el mismo baile».
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