El ascensor del piso treinta
El ascensor se detuvo entre el piso veintinueve y el treinta con un golpe seco, y la luz bajó a un naranja tenue de emergencia. Clara, ejecutiva de cuarenta y un años, soltó un suspiro y miró al desconocido del traje gris que llevaba tres semanas cruzándose con ella cada mañana.
—Parece que tenemos tiempo —dijo él, aflojándose la corbata.
Ella llevaba tres semanas imaginando exactamente esa frase. En sus fantasías, el ascensor siempre se paraba, y él siempre decía algo así, y ella siempre era la que daba el primer paso. Así que lo dio. Se acercó hasta notar el calor de su pecho y le quitó la corbata del todo, despacio, como quien desenvuelve un regalo que lleva tiempo mirando en el escaparate.
Cuando el técnico consiguió mover la cabina, cuarenta minutos después, los dos salieron en el piso treinta con el pelo revuelto y una sonrisa idéntica. Ninguno de los dos volvió a coger las escaleras.
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