El probador rojo
La dueña de la tienda de lencería, una mujer elegante de unos cincuenta años, le habló a Carla del probador rojo la tercera vez que fue a comprar.
—Es para clientas a las que les gusta jugar —le explicó en voz baja—. El espejo es de doble cara. Si tú quieres, y solo si tú quieres, al otro lado estará mi marido, mirando. No entra, no toca, no habla. Y si en algún momento te sientes incómoda, apagas la luz y se acabó.
Carla, de veintinueve años, se rió de nervios. Dijo que no. Pasó toda la semana pensando en ello.
El sábado volvió y pidió el probador rojo.
Al principio se cambió deprisa, sin atreverse a mirar al espejo. Luego, poco a poco, se fue soltando. Descubrió que saberse mirada, con su permiso y a su ritmo, le daba una sensación de poder que nunca había sentido. Elegía qué enseñar y cuándo. Ella mandaba.
Al salir, la dueña la esperaba en el mostrador con dos copas de cava.
—Mi marido dice que eres la clienta más elegante que ha tenido nunca la tienda —le dijo—. ¿Te gustaría conocerlo?
Carla miró hacia el fondo de la tienda y sonrió.
—Me gustaría —respondió.
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