Cuarentena
Se conocieron por la ventana durante el confinamiento: Andrea, en el tercero del edificio de enfrente; Pablo, en el tercero del suyo. A las ocho, cuando salían a aplaudir, empezaron a saludarse.
Luego, a hablar por señas. Luego, con carteles escritos a mano: «¿Cómo te llamas?», «Andrea», «Pablo», «¿Qué cenas?», «Pasta otra vez».
Durante semanas, aquellas ventanas fueron su mundo. Se ponían música el uno al otro. Hacían brindis a distancia. Él le enseñó a sus plantas; ella, a su gato.
Una noche, Pablo levantó un cartel que decía: «Cuando esto acabe, ¿cenamos?».
Andrea levantó uno que decía: «Sí».
Cuando por fin pudieron salir, quedaron en el portal de ella. Era raro verse de cerca después de tanto tiempo de lejos. Él era más alto. Ella, más guapa.
—Hola —dijo él, nervioso.
—Hola —respondió ella.
No llegaron a cenar. Llevaban dos meses de ventanas, carteles y ganas acumuladas.
Ahora viven juntos en el tercero de enfrente. Desde su ventana se ve la antigua casa de Andrea. A veces, por las noches, brindan mirando hacia allí.
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