La librería de viejo
La librería de viejo de la calle Huertas era de Tomás: sesenta años, viudo, gafas en la punta de la nariz y una colección de primeras ediciones que no vendía a nadie.
Rosa, de cincuenta y ocho, profesora de literatura jubilada, entró buscando una edición antigua de Bécquer. Él tenía tres. No le vendió ninguna.
—Tiene que ganárselo —dijo—. Dígame su rima favorita.
Rosa se la recitó de memoria. La LIII. Tomás se quitó las gafas.
—Esa era la favorita de mi mujer —dijo en voz baja.
Le regaló el libro. Ella volvió la semana siguiente a darle las gracias. Y la siguiente. Empezaron a tomar café en la trastienda, entre pilas de libros que olían a historia.
Un día, Tomás le leyó en voz alta un poema de Neruda. Rosa le respondió con uno de Pedro Salinas. Él con uno de Benedetti. Ella con uno de Gioconda Belli.
El último poema no lo recitó nadie. Lo hicieron.
A su edad, dice Rosa, el amor no se busca. Se encuentra entre libros viejos, cuando ya no lo esperas.
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