Cartas desde la guerra
Encontró las cartas en el desván de la casa de su abuela: un fajo atado con una cinta roja, escritas entre 1938 y 1940. Lucía, de treinta y dos años, las leyó todas en una tarde.
Eran cartas de amor. Ardientes, desesperadas, preciosas. Entre su abuela y un hombre que no era su abuelo.
Se lo contó a Andrés, el archivero del pueblo, de treinta y cinco años, que la ayudó a buscar información sobre aquel hombre. Pasaron semanas juntos entre papeles antiguos, en la biblioteca municipal, hasta tarde.
Descubrieron que él había muerto en el frente. Que su abuela nunca lo olvidó. Que guardó las cartas sesenta años.
—Qué triste —dijo Lucía, la noche que lo descubrieron.
—O qué bonito —dijo Andrés—. Que alguien te quiera así.
Lucía lo miró. Llevaban semanas trabajando codo con codo, rozándose las manos sobre los documentos, quedándose hasta tarde sin necesidad.
—No quiero esperar sesenta años para decir lo que siento —dijo ella.
Andrés cerró el archivador.
—Yo tampoco —respondió.
Esa noche, la biblioteca municipal cerró muy tarde.
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