El faro
Elena, de treinta y cinco años, se mudó a un pueblo de la costa de Galicia para escribir su novela. Alquiló una casita junto al faro, y el farero, Xoán, de cuarenta, le subía el pan cada mañana.
Él hablaba poco. Ella, mucho. Funcionaban.
Durante el invierno, Elena escribía de día y por las noches subía al faro a ver el mar con Xoán. Él le enseñaba los nombres de las rocas, de los vientos, de los barcos que pasaban a lo lejos. Ella le leía los capítulos que había escrito.
—Tu protagonista está muy sola —le dijo él una noche.
—Como yo —respondió ella, sin pensarlo.
Xoán se quedó en silencio un rato, mirando el haz de luz barriendo el mar.
—Ya no tanto —dijo al fin.
Elena lo miró. Él la miró. La luz del faro pasaba sobre ellos cada diez segundos, iluminando sus caras y dejándolas a oscuras.
Se besaron en la oscuridad. Y en la luz. Y en la oscuridad otra vez.
La novela se publicó un año después. Está dedicada «A X., que me enseñó los nombres del viento».
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