Dos mejor que una
Rocío y Mateo llevaban seis años juntos cuando ella le hizo una pregunta durante el desayuno, sin levantar la vista del café:
—¿Alguna vez has pensado en hacerlo con otro hombre? Los tres, me refiero.
Mateo se atragantó con la tostada.
Durante semanas no volvieron a hablar del tema. Pero la pregunta se quedó flotando en la casa. Hasta que una noche, en la cama, Mateo le dijo que sí. Que lo había pensado. Que le daba miedo y curiosidad a partes iguales.
Buscaron con calma. Hablaron mucho. Pusieron normas. Y conocieron a Gael, un fotógrafo de treinta y seis años, tranquilo, respetuoso, que les dijo desde el primer momento que él solo era un invitado y que la pareja eran ellos.
La primera noche fue torpe, con risas nerviosas y muchas preguntas. La segunda, menos. La tercera, Rocío vio a Mateo mirarla de una forma que no había visto nunca: como si la estuviera descubriendo otra vez.
—¿Estás bien? —le preguntó ella después, cuando Gael ya se había ido.
—Estoy mejor que bien —respondió él—. Te quiero más que nunca.
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