La sesión de fotos
Rebeca había contratado la sesión de fotos boudoir como regalo para sí misma al cumplir cuarenta y cinco. Quería verse como hacía años que no se veía: guapa, segura, deseable.
La fotógrafa, Inés, tenía su edad y unas manos que colocaban la luz como si la estuvieran acariciando. Le pidió que se relajara, que respirara, que mirara a la cámara como si al otro lado estuviera alguien a quien deseara mucho.
—No sé a quién imaginar —confesó Rebeca.
—Entonces mírame a mí —dijo Inés, bajando la cámara.
Algo cambió en la habitación. Las fotos que salieron a partir de ese momento eran distintas: más intensas, más verdaderas. Rebeca se vio en la pantalla y no se reconoció. O se reconoció por primera vez.
Al terminar, Inés le ofreció una copa de vino para ver juntas el resultado. Pasaron las imágenes una por una, sentadas muy cerca en el sofá del estudio, y en algún momento ya no estaban mirando la pantalla.
Las mejores fotos de aquella noche no salieron en ningún álbum.
❦
¿Te ha gustado?
213 votos