El hotel de los deseos
En recepción le dieron a Paula una llave dorada y un sobre. Dentro había una tarjeta: «Esta noche, todo lo que pidas se cumplirá. Solo tienes que escribirlo y dejarlo bajo la puerta».
Era el regalo de cumpleaños de su pareja, Álex, que la esperaba en la habitación con una sonrisa misteriosa y una botella de cava. Paula cumplía treinta y cinco y llevaban diez años juntos, y aquel juego le pareció a la vez absurdo y emocionante.
Escribió el primer deseo con letra temblorosa: «Que me lleves a bailar a la azotea». Lo deslizó bajo la puerta. A los diez minutos llamaron: un camarero traía música y una invitación a la terraza privada.
El segundo deseo fue más atrevido. El tercero, todavía más.
Álex los cumplió todos sin una sola pregunta, con una paciencia y una entrega que la hicieron sentir que se estaban conociendo de nuevo.
Al amanecer, Paula escribió el último papel y se lo dio en mano: «Que repitamos esto cada año».
Él lo leyó, lo dobló con cuidado y lo guardó en la cartera.
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